martes, 21 de octubre de 2014

Zanzíbar: el paradís


Después de una etapa agotadora en el colegio, idas y venidas, tensión acumulada por la convivencia, mal estar generalizado y el deseo de la familia con la que vivo, me dejé llevar para plantarme en Zanzíbar, el paraíso africano. 

No tenía ninguna intriga en esa isla que a todo turista inquieta. La mía, mi isla, Mallorca, tiene las mejores playas, la mejor arena, la mejor agua, las mejores vistas, las mejores puestas de sol… y pensé que como siempre acabaría pensando "pues nada que envidiar".

El primer impacto vino al llegar al aeropuerto, subir a un avión y recordar la última vez que lo hice, cuando en Mayo decidí venir aquí, donde aquí sigo, sabiendo que el próximo será el que cogeré para volver a casa. No pude evitar recordar la despedida en Madrid de ella, mi mitad, el abrazo infinito de mis abuelos y el sandwich en el aeropuerto entre mi hermana y mi madre. Ni pude imaginar la llegada, porque aún hoy, que cada vez está más cerca no sé como será. 

Zanzíbar, que desde el cielo me recordó a casa, se presentaba iluminada ya entrada la noche, nos hizo dudar de si estábamos en Dar es Salaam (la capital) y preguntar antes de bajar del avión, donde las tres reímos nada más subir, disfrutando de nuestra libertad.  

Llegamos ante la oscuridad africana para ver el bullicio de la ciudad, animada en comparación con Moshi, que a las 20h ya duerme. Llegamos a nuestra nueva casa por cuatro días donde 3 rastas iban a ser nuestros anfitriones. Ellos nos acogieron, nos enseñaron donde cenar, por fin pescado, nos informaron de donde estaba la playa, la fiesta cada noche, nos cocinaron, nos acompañaron cada día, se dieron a conocer de la forma más profunda, protagonizaron las historias más escandalosas, risas y como consecuencia algún llanto, en definitiva, nos dieron lo que andábamos buscando, aún sin nosotras saberlo. 

En Zanzíbar busqué paz, evadirme por momentos, oler el mar y andar por playas kilométricas en la soledad que últimamente anhelo.

El primer día, en la playa más cercana, maasais nos rodeaban ofreciendo todo lo que se pueda ofrecer, nos colamos en hoteles con piscinas con vistas al mar, jacuzzis, cócteles dirigidos a mzungus tumbados en hamacas con pulserita de colores, música, pista de voley y todo lo imaginable en un gran resort. Aquí estaba el contraste africano, dos calles más atrás la pobreza absoluta, casas de ladrillo y barro, niños en las calles, kangas de colores, y carteles de prohibido ir en bikini o bañador, buscando el respeto perdido en una isla donde el 90% de la población es musulmana.    


Al llegar a casa alguien nos esperaba, me acordé de todos los que dijeron "tú en África, como veas algún bicho…" Pues ahí lo tienes, y no era pequeño, llamamos a nuestro anfitrión y se encargo de sacarla, pues ese no era su sitio, pero sí el de la que habitaba encima de mi mosquitera repleta de agujeros, sí el de montones de escarabajitos que trepaban por ella, por dentro y por fuera, sí el de los mosquitos que entraban y salían y el del grillo que se ahogó mientras me duchaba, con las piernas abiertas por no terminar de romper el plato de ducha, sí, sin agua caliente, pero siempre con una sonrisa en la cara. 

El segundo día nos subimos a un velero de dos pisos, para bucear en un arrecife repleto de peces de colores, estrellas de mar y corales, frente a una isla de ensueño, que está prohibida pisar sin pagar una escandalosa cantidad. Comimos en una playa que sí nos podíamos permitir y después de regalarnos un día genial, sólo me quedaba descansar a la espera del día siguiente.  

Llego el día, nos levantamos y en una lancha, que consiguió trasladarme a la de mi padre solo con cerrar los ojos, llegamos donde estaban ellos, totalmente libres, nadando, saltando, frente a nosotros. Al grito de Jump! estaba entre ellos, los tenía a escasos dos metros de distancia cuando mi hermana tanzana me cogió la mano, dándome uno de los mejores momentos aquí. Es una sensación imposible de describir. 


Ese día ya nada podía salir mal, repletas de euforia fuimos a comer a una playa de ensueño, donde no me quedó otra que decirlo: "esto en Mallorca no lo tenemos", toda la gama de azules que te puedas imaginar, sobre una arena blanca simulando harina, donde sólo cinco personas ocupan el espacio de millones que pagarían por estar ahí. 

El último día, volvimos a la playa del primero, dónde el viento impidió tumbarnos en la arena, pero no disfrutar de nosotras mismas, cada una a su manera, como siempre, pero juntas. 

En Zanzíbar solo salí una noche, pero no entré ningún día, encontré lo que buscaba, tomar decisiones al volver. Y aunque lo que pasó en Zanzíbar no se quedó en Zanzíbar, se que ni yo ni ellas, cambiarían nada, lo volveríamos a repetir, con nuestros errores y nuestros aciertos. Es lo que pasa en las familias, que pase lo que pase todo se perdona, se olvida, y si se vuelve a discutir, se vuelve a perdonar y olvidar, y así todas las veces que hagan falta. 

Zanzíbar es un paraíso, donde puedes encontrar todo lo que buscas y, aunque Mallorca no lo cambio nada, sus colores, su mar, su naturaleza y libertad, a la vez que su contradicción, su machismo, su hipocresía y todas las caras de la misma moneda, hacen de esos cuatro días una experiencia más inolvidable y digna de ser compartida, me quedo con lo bueno, que como siempre incluye lo malo. 










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