lunes, 27 de octubre de 2014

Adeu Mwalimu


 Hoy a empezado el cole en Born to Learn y yo no estoy ahí. Ha llegado el momento de darse cuenta de que algo acaba, con lo que me cuesta dejar una relación, esta no iba a ser menos. 

Durante seis meses he sido profesora inventada, en un mundo irreal, conviviendo con una familia imaginaria en una casa común. Ahora solo queda Nadia, con yourself, como me decía hoy Maggie (la chica que regenta el hostel). 

Me despedí de los niños hará una semana, con una sonrisa en la cara, esas 90 personitas, dispuestas a bailar sin música, que me han ayudado a superarme a diario, a luchar por ganarme su confianza y a darme cuenta de lo simple que puede ser la vida, si no te olvidas nunca de sonreír. 


Un día antes del que iba a ser mi último, ellos preguntaban: "Nadia, you tomorrow home?", mi cara se descomponía ante la sorpresa de la pregunta y su respuesta sin esperar la mía " If you home me cry". Saco la fuerza que se que tengo, aunque a veces se me olvide, y respondo "Me and you tomorrow dance, and always smile" Patricia, Laura y yo, hemos preparado un baile para cada clase, y nos regalaremos un festival para todos, para despedirnos, disfrutando, riendo y bailando antes de las vacaciones, antes de nuestra marcha.

Ellos siempre han ido un paso por delante, han sabido sacar lo mejor de mí y en alguna ocasión lo no tan bueno. Que difícil es la despedida, pero su vida sigue y la mía también. No sé cuanto tiempo me recordarán, me he creído ser profesora de música, de inglés, de mates y de deporte, no sé si habrán aprendido algo de todo eso, pero cada sonrisa que me han regalado, me ha servido a mi, para  darme cuenta de que ellos me estaban enseñando a mí a ser feliz.

Me despedí también de él, de Askary, el perro callejero al que puse nombre, después de que día tras día nos siguiera protegiéndonos de camino a la shamba, donde construimos el nuevo colegio. Él que no dudo en recibir un machetazo para proteger el terreno, ha sido en esta experiencia, alguien con quien empatizar, sufrir al verle sangrar y reir al comprobar que sus heridas cicatrizaban. He pensado en llevármelo, buscarle un hogar mejor, pero he tenido que poner los pies en el suelo, ese es su sitio, vive ahí con la "mama" y se encarga de proteger su espacio, a los blancos, que vamos y venimos. Es un superviviente, un súper héroe y tiene que seguir siéndolo, para los próximos que vendrán. 


Ayer, me despedí también de ella, mi hermana tanzana, que cogió un avión para volver a casa. Veo ahora la cama de mi lado completamente vacía y la imagino sentada en su avión, eso que tanto asusta, volver,  a cada uno por un motivo diferente. 
Cuando yo llegué ella ya estaba aquí, todo lo que he vivido lo he compartido con ella. Me ha visto bloqueada, enfadada, feliz, reír, gritar, ilusionarme, hundirme y reflotar, ha visto como perdía los nervios y como trataba de poner cordura en momentos imposibles. Nos hemos juzgado y perdonado, porque aunque somos completamente diferentes, hemos aprendido a querernos y acoger la una a la otra, como una hermana, a la que cuidas cuando está enferma, a la que escuchas cuando necesita hablar y a la que riñes cuando se equivoca. No nos quedó otra que aceptarnos, no somos perfectas, pero nunca dejaremos que nadie diga que no lo somos y siempre, tendremos un hueco para la otra, estemos donde estemos, en la cama de al lado. 

Me despido de BTL, me despido de Karibu hostel, pero no de África, no de Tanzania. Aún me quedan unos días antes de volver, y la experiencia continúa. Esta vez conmigo misma, y con un solo objetivo: yo. Me voy hacia la costa tanzana a descansar en sus playas, a recorrer los senderos de Lushoto (montañas Ushambara) y a empezar a prepararme para lo próximo, pero sin dejar de mirar por la ventana de aquí, sin dejar de exprimir los minutos africanos, que se convierten en horas. 

Llevo casi 6 meses en África que bien podrían haber sido 6 años. No puedo enumerar la cantidad de cosas que he vivido, aunque el miedo de olvidarlas muchas veces hacía palpable la inmensidad de esta experiencia. Vine buscando una salida, y me llevo unos estudios por empezar, 90 niños que me han enseñado a ser feliz, unas personas increíbles que me han acompañado, gente por conocer, experiencia vivida y millones de planes por vivir. Han habido momentos malos, pero todos se han transformado en experiencia y aprendizaje y me quedo con lo mejor, que con creces supera lo peor. 

Gracias a todas las personas que han pasado por mi vida estos últimos 6 meses y a los que siempre han estado, porque todos han hecho que esto haya sido así, perfecto. 



Esto solo acaba de empezar, entre locuras y corduras,  ¡que siga la fiesta!

sábado, 25 de octubre de 2014

El poder de la mujer, la fuerza del hombre


Ellas, todas ellas son perfectas. La mujer tanzana, en común el color de piel, y millones de rasgos diferentes en función de sus orígenes.

Ellas, la mayoría anchas, cuerpos redondos que definen una buena posición social, o la mala alimentación. Visten telas de kanga colorido, falda o pareo envuelto, y en su cabeza el peinado más estrambótico, cardado, pelucas imposibles o un pañuelo, haciendo de la cabeza el lugar donde ocultar todas sus ideas. Las que han sido madres serán llamadas mamas por todos, y las que no dadas (hermanas) hasta que lo sean. 

Las massais más alargadas y finas, rapadas, con agujeros enormes en sus oídos y envueltas en su joyería de brillos plateados y bolitas infinitas, en cuello, orejas, brazos, pies.

Ellas, todas sacan sus casas adelante, son las encargadas de velar por su familia, la comida, los niños, trabajar el ladrillo, coser, transportar en equilibrio cualquier objeto en la cabeza a la vez que un bebe cuelga de su espalda. Puede tener 18 años o 7, y cargará con su hijo, hermano o sobrino, hasta que este sea capaz de caminar, entonces será libre de luchar por la suerte que la vida le vaya a dar. 

Ellas, son diferentes pero viven en sociedad. La mayoría sometidas a un hombre, que por ley dispone de derecho de agresión, cual dueño que no le permitirá ni el derecho a la decisión. 

Ellas, no salen por las noches si no se dedican a eso y por supuesto va a recibir algo por hacerlo. Algunas, se prostituyen abiertamente ante mzungus (viajeros) o mbongos (tanzanos), los mismos que en ocasiones les pierden el respeto o les solucionan la vida.

Ellos, lo hay de todas las formas, el bueno y el malo, como ellas, como todo. Todos tratan de sobrevivir en este mundo duro y no escogido. Los hay de sol a sombra trabajando el ladrillo, porteando, conduciendo, o transportando en un carro pollos apilados, cualquier oficio vale.

Algunos, por suerte no la mayoría, están de sol a sombra sentados en el bar, esperando la mzungu del día, que será cazada. Para ello, utilizarán toda su artillería, sacarán su lado más romántico, tierno y amable. Haciéndole sentir la mujer más especial del mundo. Se trata de supervivencia, business, diversión o como yo lo llamo, el deporte nacional. Lo he visto una y otra vez. 

Nosotras estamos aquí de paso, algunas se dejan cazar aún sabiendo la poca exclusividad que eso conlleva, algunas sólo buscan un rato de diversión, aún sin saber que pasarán a formar parte del juego tanzano, en el que el hombre es el que la posee, él tiene derecho a decidir con quien se va a relacionar ella a partir de ahora, desde ese momento es suya. Él en cambio, seguirá buscando a otras a quien cazar, aún estando la primera delante, aún haciéndole daño. No dudará en agredirla y encerrarla, quien trate de defenderla se convertirá en su mayor enemigo. Así las tratan a ellas, y se justificará con un "es cultural". 


Ellos, los cazadores, no conciben la amistad entre hombre y mujer, lo único que yo he estado dispuesta a dar, a veces diría que ni entre hombre y hombre. Aquí el objetivo es ganar, y se establece una norma invisible de respeto, por la mujer que posees, pero no por otras muchas cosas. He tratado de llevarme algún amigo de aquí, y me ha sido imposible, el hombre tanzano, la mujer tanzana, las relaciones aquí blancos-negros, que difíciles de interpretar. 


A veces, el final no es el que toca, pero en mi historia, en como yo lo veo, en lo que yo creo, la mujer es fuerte y lo sabe, le planta cara, se viste de falda por encima o debajo de las rodillas y ante él, se da la vuelta, para seguir su camino. 

Otras vendrán y otras lo sufrirán, pero de una en una y poco a poco, aquí y allí, la mujer convertirá su fuerza en poder. 


martes, 21 de octubre de 2014

Zanzíbar: el paradís


Después de una etapa agotadora en el colegio, idas y venidas, tensión acumulada por la convivencia, mal estar generalizado y el deseo de la familia con la que vivo, me dejé llevar para plantarme en Zanzíbar, el paraíso africano. 

No tenía ninguna intriga en esa isla que a todo turista inquieta. La mía, mi isla, Mallorca, tiene las mejores playas, la mejor arena, la mejor agua, las mejores vistas, las mejores puestas de sol… y pensé que como siempre acabaría pensando "pues nada que envidiar".

El primer impacto vino al llegar al aeropuerto, subir a un avión y recordar la última vez que lo hice, cuando en Mayo decidí venir aquí, donde aquí sigo, sabiendo que el próximo será el que cogeré para volver a casa. No pude evitar recordar la despedida en Madrid de ella, mi mitad, el abrazo infinito de mis abuelos y el sandwich en el aeropuerto entre mi hermana y mi madre. Ni pude imaginar la llegada, porque aún hoy, que cada vez está más cerca no sé como será. 

Zanzíbar, que desde el cielo me recordó a casa, se presentaba iluminada ya entrada la noche, nos hizo dudar de si estábamos en Dar es Salaam (la capital) y preguntar antes de bajar del avión, donde las tres reímos nada más subir, disfrutando de nuestra libertad.  

Llegamos ante la oscuridad africana para ver el bullicio de la ciudad, animada en comparación con Moshi, que a las 20h ya duerme. Llegamos a nuestra nueva casa por cuatro días donde 3 rastas iban a ser nuestros anfitriones. Ellos nos acogieron, nos enseñaron donde cenar, por fin pescado, nos informaron de donde estaba la playa, la fiesta cada noche, nos cocinaron, nos acompañaron cada día, se dieron a conocer de la forma más profunda, protagonizaron las historias más escandalosas, risas y como consecuencia algún llanto, en definitiva, nos dieron lo que andábamos buscando, aún sin nosotras saberlo. 

En Zanzíbar busqué paz, evadirme por momentos, oler el mar y andar por playas kilométricas en la soledad que últimamente anhelo.

El primer día, en la playa más cercana, maasais nos rodeaban ofreciendo todo lo que se pueda ofrecer, nos colamos en hoteles con piscinas con vistas al mar, jacuzzis, cócteles dirigidos a mzungus tumbados en hamacas con pulserita de colores, música, pista de voley y todo lo imaginable en un gran resort. Aquí estaba el contraste africano, dos calles más atrás la pobreza absoluta, casas de ladrillo y barro, niños en las calles, kangas de colores, y carteles de prohibido ir en bikini o bañador, buscando el respeto perdido en una isla donde el 90% de la población es musulmana.    


Al llegar a casa alguien nos esperaba, me acordé de todos los que dijeron "tú en África, como veas algún bicho…" Pues ahí lo tienes, y no era pequeño, llamamos a nuestro anfitrión y se encargo de sacarla, pues ese no era su sitio, pero sí el de la que habitaba encima de mi mosquitera repleta de agujeros, sí el de montones de escarabajitos que trepaban por ella, por dentro y por fuera, sí el de los mosquitos que entraban y salían y el del grillo que se ahogó mientras me duchaba, con las piernas abiertas por no terminar de romper el plato de ducha, sí, sin agua caliente, pero siempre con una sonrisa en la cara. 

El segundo día nos subimos a un velero de dos pisos, para bucear en un arrecife repleto de peces de colores, estrellas de mar y corales, frente a una isla de ensueño, que está prohibida pisar sin pagar una escandalosa cantidad. Comimos en una playa que sí nos podíamos permitir y después de regalarnos un día genial, sólo me quedaba descansar a la espera del día siguiente.  

Llego el día, nos levantamos y en una lancha, que consiguió trasladarme a la de mi padre solo con cerrar los ojos, llegamos donde estaban ellos, totalmente libres, nadando, saltando, frente a nosotros. Al grito de Jump! estaba entre ellos, los tenía a escasos dos metros de distancia cuando mi hermana tanzana me cogió la mano, dándome uno de los mejores momentos aquí. Es una sensación imposible de describir. 


Ese día ya nada podía salir mal, repletas de euforia fuimos a comer a una playa de ensueño, donde no me quedó otra que decirlo: "esto en Mallorca no lo tenemos", toda la gama de azules que te puedas imaginar, sobre una arena blanca simulando harina, donde sólo cinco personas ocupan el espacio de millones que pagarían por estar ahí. 

El último día, volvimos a la playa del primero, dónde el viento impidió tumbarnos en la arena, pero no disfrutar de nosotras mismas, cada una a su manera, como siempre, pero juntas. 

En Zanzíbar solo salí una noche, pero no entré ningún día, encontré lo que buscaba, tomar decisiones al volver. Y aunque lo que pasó en Zanzíbar no se quedó en Zanzíbar, se que ni yo ni ellas, cambiarían nada, lo volveríamos a repetir, con nuestros errores y nuestros aciertos. Es lo que pasa en las familias, que pase lo que pase todo se perdona, se olvida, y si se vuelve a discutir, se vuelve a perdonar y olvidar, y así todas las veces que hagan falta. 

Zanzíbar es un paraíso, donde puedes encontrar todo lo que buscas y, aunque Mallorca no lo cambio nada, sus colores, su mar, su naturaleza y libertad, a la vez que su contradicción, su machismo, su hipocresía y todas las caras de la misma moneda, hacen de esos cuatro días una experiencia más inolvidable y digna de ser compartida, me quedo con lo bueno, que como siempre incluye lo malo. 










viernes, 10 de octubre de 2014

Huyendo conmigo de mi



Creo que hay dos tipos de personas: las que vienen aquí huyendo y las que vienen aquí buscando. Yo vine con un objetivo muy claro: encontrarme. 

No me cuesta reconocer que venía de sentirme perdida, de lo que algunos pueden llamar una mala época, o crisis existencial. Recurrí a lo que siempre había querido hacer, a cumplir sueños, que al fin y al cabo de eso se trata, vivir. 

Cuando llegué tuve que luchar con todas mis inseguridades, ponerme frente a los niños era un reto diario, lloraba muchas mañanas sintiéndome incapaz de transmitir, de enseñar e incluso de comunicarme con ellos. Competía conmigo misma para conseguir adaptarme al trabajo. La familia que encontré aquí me apoyaba y a pesar del entorno nuevo, un idioma desconocido, y gente diferente, me iba superando a mi misma, todos los días un poquito más, hasta que sin darme cuenta, ya hablaba en inglés, chapurreaba suajili, me reía en clase, y estaba haciendo lo que mejor se me da… disfrutar. 

Ha llegado ese momento en el que tengo que pisar freno y mirarme, girarme y ver el camino recorrido y ver los caminos que se me abren. 

Hace tiempo que no escribo porque trato de escribir sobre las emociones, y las últimas aquí no han sido las mejores, como para ser compartidas. 

La vida aquí ha dejado de sorprenderme, me he adaptado a ese entorno que me imponía y lo que en un principio suponía un reto, ahora es normal. Todo eso me ha llevado a la pérdida de esa magia inicial, propia de todo lo nuevo. Aún así, me siento enamorada de esta tierra y no dejo de mirar por la ventana. Soy consciente de que cada día descubro algo nuevo, y así ha sido, los últimos días he vuelto a aprender de mí. 

Por otro lado, las personas que me rodean han empezado a hacerlo, sorprenderme.
He conocido la irracionalidad expresada en palabras, incoherencia e incluso injusticia. 
He sentido agresividad en las relaciones y no he dudado en recibir una bofetada que nunca llegó por defender lo que siento un derecho, la libertad. 
He apostado por que no se pueden consentir según que actitudes, ni comentarios y he aclamado mi derecho a la decisión, pues sobre mí mando yo, y sobre quien me rodea mandan ellos mismos. 
He tomado decisiones. 

Me he dado cuenta de la fuerza que tengo, de que vine como una hoja y me iré como un tronco, que de aquí me llevo sensaciones innumerables, crecimiento personal, relaciones para toda la vida, decepciones y sorpresas.  

Para superarme a mí misma, sólo tuve que hacerlo, no bastaba con intentarlo. Yo llevo las riendas de mi vida, y aunque nunca estoy sola, yo tomo mis decisiones. Yo, como el resto del mundo, soy capaz de todo lo que me proponga y si yo no me lo creo, estoy perdida. Por más que huya de mí, mi yo siempre me persigue. 

Lo peor de irse es el miedo a volver.