miércoles, 26 de noviembre de 2014

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15 días viviendo en el mundo real o irreal, depende del prisma con el que lo mires.

Hoy recuerdo la despedida de la mano de Joan en las escaleras de lo que fue y es mi casa en Moshi, todos los demás habían sido despedidos por mí, y de la familia ya sólo quedábamos dos. 
Ahora pienso en las lágrimas en el taxi camino al aeropuerto, el enfado que me invadió al sentir que abandonaba el continente africano y el miedo con el que salí por la puerta del aeropuerto de Madrid. 

No olvido el aeropuerto de Estambul, donde hice escala, como un mundo desconocido, personas de todos los colores, ropas de todas las formas, tiendas de brillantes, grandes marcas, y comida de toda clase. Recorrí el aeropuerto arriba y abajo con mi maleta a cuestas, esa que debía pesar 10kg pero pesaba 15, cargada a la espalda. Al llegar a la puerta de embarque dirección Madrid, la gente hablaba español y a mi todo me sorprendía. 

Fui un bebé durante una semana en un mundo desconocido, totalmente nuevo, en el que no sabía como debía encajar, ¿qué parte de mí era la real y que parte era la irreal?, ¿quién lo sabe?

14 días desde que llegué a casa. Sabía, desde el día que me fui, que el abrazo con ellos iba a ser inexplicable, que las emociones iban a desbordar y que yo, 100% pasional iba a estallar, y así fue. 

13 días desde que descubrí mi armario por primera vez, mis zapatos, mis pulseras, cremas… cual desconocidas, caminé en tacones con el pijama puesto como si de una niña jugando con la ropa de mamá se tratara, me sentí disfrazada de mí misma y me reí ante el espejo al verme con collares, pulseras y anillos. 

12 días desde que vi a toda mi familia, sentada en la mesa de casa de mis abuelos, vi a mis amigos con los que cené en mi restaurante preferido, mi plato favorito. Mi hermana pequeña casi me mata de alegría al aparecer por sorpresa. Corrí a tomar cafés con el máximo de amigos posibles, pasé por mi antiguo gimnasio, mi antiguo trabajo, mis antiguas calles, recordé mis antiguas emociones, mi anterior yo y me sentí extremadamente feliz. 
           
11 días desde que llegó el bajón, escondiéndome detrás de quien me acompañaba entre las multitudes, sintiendo miedo ante mis iguales, desubicada, fuera de lugar, sin entender porque. Sabía que era temporal, y así fue, me habían hablado de eso… "el volver".  


10 días desde que volví a Madrid, donde trato de crearme una nueva casa, donde no he parado de correr, metro arriba, metro abajo buscando esa casa en la que vivir, donde la gran ciudad se me venía encima donde el "pole pole" (poco a poco) ha pasado a la historia, donde no he podido ni parar a escribir, y donde me he dado cuenta de que necesito, mirar, saborear y vivir de recuerdos que no me hagan olvidar lo que realmente importa y cual es el método para ser feliz, que no es más que escucharse a uno mismo, pero de verdad. 

Vivo tan intensamente que, a veces, no me da tiempo a vivir. 

Gracias. 

jueves, 6 de noviembre de 2014

En els últims 6 meses he…

Desde el 6 de mayo, 


En estos 6 meses: 

Me he encontrado, me he perdido y me he vuelto a encontrar. 
Me he enamorado, de todo, de mí y de él. 
He enseñado y me han enseñado. 
He comido con las manos. 
Me he subido a un camión cargado de ladrillos para llegar a la cuidad. 
He visto leones, jirafas, elefantes y comido ante hipopótamos. 
He andado entre zebras. 
He subido 4.566 metros de altura. 
He navegado por mares sin sal. 
Me he escondido para dar de comer a una perra que acababa de tener crías.
He puesto nombre a dos perros callejeros "Mama" y "Askary".
He pasado frío y calor. 
He volado, ido en moto, en coche, en barco y andado más que nunca. 
He buceado. 
He visto amaneceres y puestas de sol. 
He reído y he llorado, he vivido. 
He conocido gente, le he conocido a él. 
He bailado y cantado. 
He formado una familia. 
He hablado catalán, castellano, inglés y suajili. 
Me he discutido y reconciliado. 
He viajado sola y acompañada. 
He querido a Askary como si fuera mío, llorado con sus heridas y defendido cuando he podido. 
He nadado entre delfines.
He comido langosta, cabra, pulpo, carne, arroz, pescado, maíz y muchas beens. 
He escrito. 
He dormido en un colchón, una litera, el suelo, bajo techo y en tienda de campaña, dentro y fuera en el jardín. 
He sentido miedo, he querido volver. 
He aprendido a ser feliz. 
Me he bañado con 15 niños en agua de tubería y revolcado en la tierra. 
He corrido mientras me perseguían y corrido para perseguirles. 
He grabado un videoclip e inventado coreografías. 
He llenado botellas de tierra y puesto cemento.
He fumado y he bebido.  
He andado por la noche.
He visto las estrellas, sola y acompañada. 
He cruzado fronteras. 
He buscado la luna todos los días. 
He cerrado puertas del pasado y abierto nuevas. 
He dado clase de inglés, mates, suajili, música, ciencias, arte y deporte. 
He hecho amistades eternas. 
He necesitado soledad. 
He echado de menos a los de siempre. 
He soñado, he cumplido sueños y he vuelto a soñar. 

Al 6 de noviembre, 




¡Ashante sana Tanzania!

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La meva soletat i jo


Ésta mañana he salido de mi tienda, he ido al baño común, me he mirado al espejo y he sonreído, al darme cuenta de que después de 6 meses volvería a casa tal náufrago, sino fuera porque en lugar de perder, he cogido peso. 

Mi pelo hace tiempo dejó de tener un color uniforme para ser oscuro arriba y muy muy rubio abajo, castigado por el abrasador sol africano, mis cejas ya no tienen una forma definida, y siento que mi cara ya no es la misma, está completamente limpia. 

Yo ya no soy la misma, y es que como he leído hoy: "uno no hace el viaje, el viaje lo hace a él".

Ahora llegan los miedos del volver y antes de asumirlos, me aferré a mi papel de aventurera, le tapé la boca al miedo y salí en búsqueda de mi última experiencia tanzana. 

Sola, me di cuenta cuando ya había comprado el ticket de bus ordinario, renunciando al express siendo la diferencia de dos horas y 1 euro al cambio. Rumbo a Lushoto, donde un desconocido al que catalogué de amigo, me iba a hospedar y ofrecer un guía para recorrer las montañas Ushambara. 
Acepté y ahí estaba, con él, un negro bien posicionado, pues así lo indica su peso. Me mostró la ciudad, su pueblo, el mirador y la increíble puesta de sol. 

Al día siguiente un joven guía me estaba paseando por pueblos fantasmas donde salían niños al grito de mzungu (blanco), bosques encantados llenos de árboles, camaleones, hormigas del tamaño de una uña, casas construidas con palos y barro, estructuras derruidas en las que vive gente. Vimos vacas, cabras, ovejas, niños transportando agua en la cabeza, un bosque de pinos artificial, vimos como una mujer se cubría del sol con un gran paraguas, mientras transportaba algo en la cabeza. 

Me sentí atacada en algún momento, como si mi presencia no fuera grata, sobretodo cuando un niño corrió hacia mí para golpear mi brazo. Entendí que las diferencias que nos separan son enormes, que mientras ellos sobreviven con sus tierras, yo estaba ahí para disfrutarlas. Ellos ven al blanco como aquel al que pedirle dinero, el reloj o algo de comer. Sentí odio en ese golpe y dolor ante la incomprensión. Contuve las lágrimas que últimamente tratan de brotar buscando casa, pero me aferré a ese yo aventurero que no le teme a nada. 

El primer día caminamos 20km. cuesta arriba y cuesta abajo, y dormimos en un convento que bien podría haber protagonizado cualquier película de terror. El segundo, andamos solo 15 y dormimos en Mtae, el pueblo que estaba de fiesta porque el chamán había sido elegido en las últimas elecciones. Todo el pueblo rodeaba una moto, la única luz, y tocaban tambores y trompetas, saltando y bailando al más puro estilo africano. 

Ahora llevo 3 días en el paraíso, cuando llegué, me preguntaron de dónde era, dije que de España y me dijeron, ¿y de Tanzania?. 

Vivo en una tienda de campaña a escasos 20 metros de la playa, como pescado, mantengo contacto con los míos y veo una serie en mi ordenador, a la vez que: decenas de bichitos caminan por mi cuerpo, se me cruza un mono mientras leo, comparto sofá con un mil pies del tamaño de una manguera, un sapo salta por el suelo alimentándose de todo insecto volador mientras yo ceno, mato arañas con las manos, una iguana me saluda mientras tomo el sol, la playa aparece y desaparece ante el antojo de la marea y antes de acostarme reviso que no haya ninguna hormiga enorme por mi cama, ese colchón en el suelo con una sábana húmeda de humedad. 

Me miro al espejo y me doy cuenta, de que después de esto, todo habrá cambiado, porque yo he cambiado.