miércoles, 5 de noviembre de 2014
La meva soletat i jo
Ésta mañana he salido de mi tienda, he ido al baño común, me he mirado al espejo y he sonreído, al darme cuenta de que después de 6 meses volvería a casa tal náufrago, sino fuera porque en lugar de perder, he cogido peso.
Mi pelo hace tiempo dejó de tener un color uniforme para ser oscuro arriba y muy muy rubio abajo, castigado por el abrasador sol africano, mis cejas ya no tienen una forma definida, y siento que mi cara ya no es la misma, está completamente limpia.
Yo ya no soy la misma, y es que como he leído hoy: "uno no hace el viaje, el viaje lo hace a él".
Ahora llegan los miedos del volver y antes de asumirlos, me aferré a mi papel de aventurera, le tapé la boca al miedo y salí en búsqueda de mi última experiencia tanzana.
Sola, me di cuenta cuando ya había comprado el ticket de bus ordinario, renunciando al express siendo la diferencia de dos horas y 1 euro al cambio. Rumbo a Lushoto, donde un desconocido al que catalogué de amigo, me iba a hospedar y ofrecer un guía para recorrer las montañas Ushambara.
Acepté y ahí estaba, con él, un negro bien posicionado, pues así lo indica su peso. Me mostró la ciudad, su pueblo, el mirador y la increíble puesta de sol.
Al día siguiente un joven guía me estaba paseando por pueblos fantasmas donde salían niños al grito de mzungu (blanco), bosques encantados llenos de árboles, camaleones, hormigas del tamaño de una uña, casas construidas con palos y barro, estructuras derruidas en las que vive gente. Vimos vacas, cabras, ovejas, niños transportando agua en la cabeza, un bosque de pinos artificial, vimos como una mujer se cubría del sol con un gran paraguas, mientras transportaba algo en la cabeza.
Me sentí atacada en algún momento, como si mi presencia no fuera grata, sobretodo cuando un niño corrió hacia mí para golpear mi brazo. Entendí que las diferencias que nos separan son enormes, que mientras ellos sobreviven con sus tierras, yo estaba ahí para disfrutarlas. Ellos ven al blanco como aquel al que pedirle dinero, el reloj o algo de comer. Sentí odio en ese golpe y dolor ante la incomprensión. Contuve las lágrimas que últimamente tratan de brotar buscando casa, pero me aferré a ese yo aventurero que no le teme a nada.
El primer día caminamos 20km. cuesta arriba y cuesta abajo, y dormimos en un convento que bien podría haber protagonizado cualquier película de terror. El segundo, andamos solo 15 y dormimos en Mtae, el pueblo que estaba de fiesta porque el chamán había sido elegido en las últimas elecciones. Todo el pueblo rodeaba una moto, la única luz, y tocaban tambores y trompetas, saltando y bailando al más puro estilo africano.
Ahora llevo 3 días en el paraíso, cuando llegué, me preguntaron de dónde era, dije que de España y me dijeron, ¿y de Tanzania?.
Vivo en una tienda de campaña a escasos 20 metros de la playa, como pescado, mantengo contacto con los míos y veo una serie en mi ordenador, a la vez que: decenas de bichitos caminan por mi cuerpo, se me cruza un mono mientras leo, comparto sofá con un mil pies del tamaño de una manguera, un sapo salta por el suelo alimentándose de todo insecto volador mientras yo ceno, mato arañas con las manos, una iguana me saluda mientras tomo el sol, la playa aparece y desaparece ante el antojo de la marea y antes de acostarme reviso que no haya ninguna hormiga enorme por mi cama, ese colchón en el suelo con una sábana húmeda de humedad.
Me miro al espejo y me doy cuenta, de que después de esto, todo habrá cambiado, porque yo he cambiado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario