sábado, 14 de junio de 2014

Shock cultural


Después de más de un mes aquí, de un mes intenso pero de adaptación, llega un momento en el que abres los ojos, y ves lo que ahora es tu nueva casa. 

Ya has llegado, ya te has instalado, ya has caminado por tu barrio, ya sabes donde venden el agua más barata, chapurreas el suajili como para poder tener una conversación de: 
- Hola, ¿qué tal? 
- Bien, ¿y tu?
- Muy bien, gracias.
Conoces la comida, ya te has aprendido que cenarás cada día, sabes como hacer para que la mosquitera no te de en la cara al dormir, como poner el agua de la ducha para que salga lo más caliente posible, conoces a la gente que te rodea, sabes incluso como sacarles una sonrisa, sabes por donde te moverás, por donde saldrás, que cerveza beberás, sabes decir que sí y que no, sabes que vale la vida aquí, el precio de un taxi y el de un daladala, sabes cuando te están engañando y cuando solo lo intentan, ya tienes una ruta marcada para ir a correr, un horario fijado para hacerlo y música africana en tu móvil. 
Ya no ves a todos los niños iguales, y conoces todos sus nombres, has aprendido a imponerte, ves como avanzan en tus clases, empiezas a sentirte cómodo, te relajas… y de repente… 
This Is Africa… 

Te das cuenta de donde estás, de que esto es otro mundo, de que estás lejos de casa, de que todo ha cambiado. Te gusta, de hace sentir vivo, pero tienes que vivirlo, es tu nueva casa, y no va a dejar de sorprenderte, por eso la has escogido. 

Las sensaciones del principio han cambiado, tú has cambiado desde que estás aquí. 

Al principio los niños te imponían, te miraban desafiantes, se reían de ti, te intentaban engañar con sus nombres, y no te escuchaban lo más mínimo, pero ahora, te miran y te sonríen, vienen a ti buscando ayuda y no solo un rato de diversión, se saben tu nombre, te enseñan los diplomas y regalos que han conseguido siendo los mejores de la clase en alguna de las categorías: inglés, mates, deporte, arte, mejor de la clase chico y chica, buscan la felicidad en tu cara, que te sientas orgulloso de ellos, y lo haces, ya no te imponen, no les tienes miedo, son parte de ti, son tu nueva familia y viven en tu nueva casa. 
Pero no te confíes, son muy listos, más que tú… y aunque te quieren… y tú a ellos, por aquí han pasado muchos como tú y ellos saben que te acabarás yendo y les dejarás aquí. 

Esta es la otra cara de África.
Sí, "África ni jambo la ajabu sana" (es maravillosa) pero es tremendamente jodida… 

Después de visitar el Kilimanjaro Orphanage Center el pasado miércoles, del que solo puedo decir que es genial, un jarro de realidad africana ha caído sobre mi, conocí a una veintena de niños sin familia, a los que, como a mis niños, visitan multitud de voluntarios a lo largo de sus vidas. Les pude dejar unos regalos que me había dado una amiga que estuvo un tiempo atrás con ellos y, gracias a eso, pude ver como diez niños eran tremendamente felices, aunque solo fuera por un instante, al ver rodar una peonza, rodeándola y dando golpes al suelo, como si nuestros gritos de "Ue, ue, ue" fueran a darle vida a ese trozo de madera, pintado de colores, al que ahora cualquier niño español buscaría los botones de encendido y apagado. Sentí felicidad y tristeza a la vez, aunque después de eso, solo pude irme al hostel y meterme en la cama, apagar el corazón y la cabeza. Al día siguiente de moría de ganas de ver a mis niños, de los que puedo decir que, en algún caso, no por tener familia son más afortunados, solo quería abrazarles. 

El viernes celebramos el final del term, pudieron venir sin uniforme y les hicimos entrega de los diplomas y premios que ya he mencionado,  pusimos música, bailamos, jugamos al fútbol y tuvimos lo que puede llamarse fiesta de final de curso, aunque acabará el viernes que viene, que será cuando los padres, la mayoría analfabetos, vengan a buscar las notas de sus hijos, documento que seguramente no entiendan. Verles con sus mejores ropas, muertos de vergüenza a la vez que contentos de que les veas, fue una experiencia increíble, sobretodo porque te parece que un pijama de Hanna Montana, fruto de alguna donación, puede convertirse en el vestido de gala más bonito que has visto nunca, o la camiseta de la guardería de al lado, o un traje pantalón tamaño diminuto,  o como un kanga (pareo africano) que no para de moverse al ritmo de la música puede ser el mejor traje de noche de la mejor bailarina de la pista. 

El viernes dio mucho de sí, camino al hostel vimos como un hombre tiraba de un carro que rebosaba pollos, apilonados unos encima de otros, aún vivos pero deseando no estarlo, los vende por la calle, el precio está por negociar, como todo aquí, el dinero mueve el mundo, y aquí el mundo también tiene que girar, estés donde estés eso no cambia. 
Seguimos andando y vimos a un grupo tocando timbales, miré y un Karibu (bienvenido) me dio permiso para entrar en la casa de alguien, explicarles que quería aprender y ser invitada cuando quiera a tocar con ellos, "todos los días estamos aquí, a esta hora menos los domingos, serás bienvenida". Me enseñaron un ritmo a cambio de nada, o de mi sonrisa, o de mis ganas, o de las suyas al ver que quería aprender, que me gustaba lo que hacían. 
De donde comimos al hostel hay 10 minutos andando, y el camino aún nos tenía preparada una sorpresa más, pasamos por la gasolinera y ahí estaban, cuatro chicos bailando, bueno, eso no es bailar, es exhibirse, es volar, es vibrar, es gimnasia, es arte puro… en medio de la gasolinera, mientras un dj. pinchaba desde un camión, el objetivo era publicitar un producto para coches, TIA. 

Por más que te acomodes, que te sientas en casa, que te relajes, esto sigue avanzando, aún te queda… Tienes que volar mucho más alto, tienes mucho camino por delante, no te despistes, que te pierdes lo que tienes delante y no te fuerces, todo llega. 




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