De lunes a viernes viajamos en el tiempo, nos subimos en el daladala y volamos. Se trata del autobús de línea formado por una Van destartalada. He hecho muchas preguntas sobre estos vehículos que me sorprenden a diario cuando ningún bache se les resiste. Les he visto ir llenos, vacíos, con gallinas, con árboles, niños, comida e incluso un día llegué a oír un gato al que nunca llegué a ver.
Por dentro están destrozados aunque ahora pienso que es la decoración perfecta. Los vacían, les quitan embellecedores, asientos y cualquier otro rastro que pueda quedar de lo que un día fue una furgoneta, para ponerles raíles que sujetarán asientos donde entrarán multitud de personas a diario con sus historias, como yo ahora.
Cada día nos recoge en nuestra casa, en silencio nos subimos y disfrutamos de nuestro viaje, cada uno a su manera, hay quien aprovecha para estudiar, escribir, quien escucha música, quien habla con el de al lado hasta dejarle anestesiado de cualquier palabra en inglés, o quien, como yo, mira por la ventana, calla, habla, canta, baila y vive su viaje cada día igual, pero de forma diferente. Como Jose diría: "utilizando el microscopio".
Los dos trayectos al día que me da el daladala son los momentos en los que más pienso. Me pasan infinidad de cosas por la cabeza mirando las calles de Moshi, sus gentes, viviendo el día a día, negros en círculo desayunando, mujeres con infinidad de objetos en la cabeza, gente trabajando y otros parados mirando como pasas, sentado en tu asiento, con incredulidad. ¿Qué pasará por sus cabezas? Quizás: "Mira este blanco, ¿qué se le habrá perdido aquí?, veo el maizal, los árboles, a veces intuyo el Kili otras incluso lo llego a ver. Y pienso…
Me acuerdo de lo que soñé esa noche o no. Me acuerdo de lo que dejé en España y de a quién dejé allí, pero sigo mirando por la ventana y vuelo, cierro los ojos y veo las caras de mis niños, porque me he dado cuenta de que no hay tiempo mínimo para querer a alguien ni tiempo máximo para dejar de hacerlo. No me olvido de mi vida ahí, pero me escucho a mí y el silencio que caracteriza este continente me permite continuar, disfrutando como nunca y como siempre de mi trayecto.
El daladala se pone vertical, pasamos por un bache, o mejor dicho un agujero, que haría parar a cualquier vehículo español, pero aquí no se para, no se mira atrás. Agustino no le teme a nada y continuamos como si del Dragon Khan se tratara, avanzamos hacia la Diversión, que señaliza un tramo en obras, como yo, que pretendo construir un camino lleno de baches y terreno liso.
Hoy, pensando en lo que iba a escribir, me he acordado de lo que un tiempo atrás fue para mi el mejor momento del día, hace 10 años, cuando a las 8 de la mañana mi abuelo me llevaba al colegio. Me sentaba en su coche repleto de comodidades, a su lado, cerraba los ojos y sentía la paz que ahora siento en el daladala, solo que ahora pienso en él, en lo que soy gracias a él y en todo lo que le podré contar cuando le vea.
Llegamos a Newland y los niños corren hacia el cole al lado de nuestro avión, a veces gritan nuestros nombres, a veces nosotros los suyos, y sonríen, contentos de vernos.
Al acabar el día volvemos a volar, esta vez cansados, he llegado a dormir, como un buen tanzano, apoyada en el asiendo del daladala mientras circulamos por la autopista sin asfaltar. Ir en nuestro avión es una recompensa para algunos niños a los que acercamos a sus casas hasta el día siguiente.
He volado a Newland, Arusha y Marangu, y no sé dónde volaré mañana, pero si sé que me agarro a este vehículo, en el que ahora tengo asiento, quizás mañana iré de pie, pero se que me llevará en el tiempo, me hará pensar, recordar, sentir y vivir todo lo que yo quiera.
Porque como me dijo alguien muy importante para mi: "En esta aventura estas en buenas manos, porque estas en las tuyas".

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