jueves, 4 de febrero de 2016

¿Estic sommiant?





Toda aventura tiene un principio, toda vida tiene un final.

Desde que convertí mi vida en aventura digo que tengo dos años de vida, nací en Tanzania, crecí en Madrid y he venido a Zambia a madurar, a conocerme más o a dejar de hacerlo, ahora lo único que me asusta es dejar de soñar.

Cada día me despierto a las 6 de la mañana para volverme a dormir, es como si supiera que despertando solo un rato podría hacer esos últimos sueños realidad.

En uno de mis sueños camino por una calle sin asfaltar, no es un camino fácil, hay agujeros, charcos, cristales y arena que hace que me cueste avanzar, de repente un montón de niños gritan y se abalanzan sobre mí, alguno me toca el brazo con fuerza intentando sacar el negro que tiene que haber debajo de mi piel, me agarran la mano y seguimos andando por el mismo sendero donde ahora cada piedra es muy sencilla de saltar.

Algo nos detiene, el cielo se pone negro y alguien grita, ¡qué viene! Sin saber porque empiezo a correr para darme cuenta de que algo me persigue, pero no tengo tiempo de mirar atrás, la oigo acercarse, cada vez más fuerte, me está empezando a mojar, una casa destruida nos acoge entre risas, los caminos se vuelven ríos, el cielo completamente blanco y el sonido la mejor canción.

Sigo soñando, ahora es otro camino que me lleva hacia una comunidad, un montón de mujeres ríen, hablan, gritan, están vivas, me dan la mano y me invitan a sentar, veo como trabajan, setas, semillas, lluvias, agua, tierras, algo que construir y mucho por aprender. Al volver, una visita que hacer, Samsoni que sigue en su sitio, con su gato y las bolsas que convierte en cuerda casi solo con rozar, su sonrisa, sus preguntas, sus palabras, sus canciones y casi llegar a despertar.


No llego a abrir los ojos pero estoy sentada, tengo una bebida de manzana, un ordenador, y estoy dispuesta a describir todo lo que me rodea pero me quedo parada cuando un carro de pollos entra por la puerta del restaurante esperando que compre alguno para al final volverse a ir.

No me puedo despertar, mientras como con las manos, haciendo una bola de una masa de maíz que mojar en salsa, una cucaracha se acerca a mi, no quiero compañía, al menos en mi plato y no lo dudo dos veces para apartarla con la mano, creo que la araña que se asoma a saludar no se atreve a acercarse más.

Ya no quiero despertar, hay mucha gente en mi sueño, no están cerca, ni lejos, no caminan conmigo, no comen conmigo, no duermen conmigo, pero hacen que mis sueños se hagan realidad.

Dormida, me acerco a una mesa, ¿qué quieres tomar? ¿algo de beber? Tengo de piña, manzana, ciruela, Pepsi, 7up… carne, pollo, pescado, tripas, y patas de algún animal.  Mujeres rodeadas de telas con bebes a la espalda dan silencio al local.

Mi colchón marca mi cuerpo a la perfección, la sábana ligera me da sensación de libertad aún estando rodeada por una mosquitera con agujeros cubiertos por cinta, me veo capaz de seguir soñando.

Ahora, trabajo en un restaurante, atiendo a señores de traje y miro a través de la barra la vida pasar, buscando el cielo, la lluvia caer, sacos y sacos que avanzan subidos en cabezas, taxis que pitan para que sepan que están libres, idiomas incomprensibles, sacar un rato para bailar, y al caer la noche cerrar la caja y volver a soñar.






No hay comentarios:

Publicar un comentario